Hay muchos momentos de la vida en los que la frustración puede llevarnos a cometer sin numero de locuras; el desespero de no llegar a ningún lado acaba por estallar hasta a la mente más serena.
A mi en lo personal me ha pasado infinidad de veces desde que decidí - sin saber - que era momento de irme de mi casa, creo que lo mejor que me podría haber sucedido en esa época es que alguien me cogiera del pelo y me encerrara hasta que fuera un ser humano razonable. Eso no paso.
Como tampoco paso que nadie me explico que cuando uno trabaja debe asumir responsabilidades y que ya no es el colegio y que tu mamá deja de entenderse con el coordinador académico cuando incumples algo. En este mundo adulto cuando incumples en algo con tu trabajo lo único que esperas es que en el mejor de los escenarios la carta de referencia quede con alguna palabra bonita.
Estoy en la -calle- desde los dieciocho, literalmente, en el segundo que cumplí años arme mi maleta y como toda rebelde tire la caña lo más lejos que me daba y gracias al ser invisible que me cuida no fue muy lejos.
Todo lo que ha pasado desde esa época ha sido meramente porque yo lo decidí sin saber, tome conciencia de mis actos a los veintidós años y fue una bomba reveladora porque sentí la abrumadora realidad de que era responsable de mi humanidad.
Aunque hacerme consciente no indica que me hiciera responsable, eso sucedió a los veinticinco años.
Uno creería que ya en este punto por fin logre lo que estaba buscando desde los dieciocho: independencia, madurez, estabilidad, definir metas, alcanzar logros.
Parcialmente, sí.
Pero llegar acá solo me ha causado aún más frustración y ahora siento ansiedad de ver todo el tiempo que estuve perdida y caminando sin razón ni oficio. Siendo como que no era sino que estaba probando.