Despertar, prender los computadores, levantarse de la cama, cepillarse los dientes.
Mirar la hora, prepararse algo de comer, revisar el correo, volver a mirar la hora.
Volver a la cama, mirar la hora nuevamente. Comer otra vez.
Respirar, mirar la hora.
Pensar en los problemas que tenías antes de que todo esto empezara, ¿siguen ahí?
sí siguen ahí, parecen más pequeños pero en realidad se están haciendo más grandes.
Respirar, pensar.
Trabajar o tratar de trabajar o tratar de recordar que era eso tan importante que tenías que hacer el lunes de la semana pasada.
Contemplar la soledad, caminar en los diez metros cuadrados que tienes disponibles.
Seguir pensando.
¿se te esta olvidando algo? tal vez.
Limpias por quinta vez en la semana, por quinta vez en el día, por quinta vez en esa hora.
La fe esta puesta en superar, en avanzar, en sobrevivir, en creer.
No sientes la velocidad de tus pies, la rapidez de tus palabras, estas ocupado en tener fe.
No puedes pausar ni un segundo porque si te detienes se puede caer todo y no podrías sobrevivir.
Nuevamente, despiertas. ¿cambio algo? ¿esta pasando algo? ¿es todo esto algo que me estoy imaginando? no, es real.
Esta en la televisión, esta en la radio, esta en la internet, esta en la mirada de tus vecinos, en la voz de tu mamá, en la vocecita que te habla todos los días en tu interior.
Quisieras que muchas cosas fueran diferentes.
Tener compañía, tener una casa más grande, tener más plata en la cuenta, tener dos gatos, un perro, tener una terraza, tener a tu familia cerca.
Pero te despiertas nuevamente, estas solo y esa angustia cada vez se hace más pesada.
Detienes el pensamiento porque no puedes estar angustiado, toda tu energía se debe gastar en creer.